Servir el vino

La degustación es un acto esencial y culminante del mundo del vino. Ser un buen degustador implica juzgar a los vinos por lo que son como tales, y no por sus marcas, etiquetas o precios. El vino debe ser probado en condiciones que aseguren la correcta apreciación de sus colores, aromas y sabores naturales. Trate de no ser usted mismo quien distorsione las características del vino. Cuando va a degustar no utilice perfumes, no fume, y asegúrese de no tener en el paladar ningún resabio de sabores percibidos con anterioridad.

La copa es el instrumento primordial de todo buen degustador. Las mejores son aquellas de cristal o vidrio incoloro, con sus tres partes claramente diferenciadas: el pie, el tallo y el cáliz.

Si va a degustar varios vinos, primero hágalo con los blancos y luego con los tintos. Los secos se sirven y degustan antes que los dulces, y los más jóvenes antes que los más añejos.

La temperatura

Servir el vino a la temperatura adecuada es una de las claves para poder degustarlos y disfrutarlos mejor. Los blancos se beben fríos pero no helados. El frío excesivo los despoja de sus mejores virtudes, los vuelve insípidos y carentes de aroma. La mejor manera de enfriar un vino blanco es colocándolo en la heladera algunas horas antes de abrirlo, o recurrir al uso de una frappera o balde de agua con hielo (nunca hielo solo), teniendo la precaución de agregar al mismo un poco de sal gruesa para que el hielo tarde más en derretirse. Jamás guarde botellas de vino en el freezer, ya que su contenido puede llegar a congelarse y arruinarse por completo.

Los tintos se beben a una temperatura ambiente moderada. Esto significa que cuando las condiciones del clima son extremadamente intensas, tanto por el frío o por el calor, no tiene nada de malo calentar o enfriar una botella según el caso. Si hace demasiado frío, lo más conveniente es acercar con prudencia el vino a alguna fuente de calor. No conviene tratar de calentarlo sumergiéndolo en agua caliente. Cuando hace calor, los tintos soportan perfectamente hasta una hora de heladera previa a su apertura. Recuerde que, en verano, siempre es preferible tomar los vinos tintos un poco frescos que beberlos tibios.

Estos métodos son simples y prácticos. La idea es poder llevar al vino a la temperatura aproximada más cercana a la ideal. Estas temperaturas "ideales" para cada vino existen, y son las siguientes:

Vinos espumantes y champañas: 6 a 8 grados.
Blancos dulces: 7 a 9 grados.
Blancos secos y rosados: 9 a 12 grados.
Tintos livianos: 15 a 17 grados.
Tintos de cuerpo: 16 a 18 grados.

Los vinos espumantes se pueden beber tan fríos por una razón muy simple: jamás pierden sus aromas y sabores. Por más fríos que estén las sustancias sápidas y aromáticas quedan retenidas dentro de las burbujas, que se encargan de llevarlas a la superficie, estallando luego en nuestra boca.

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